¿Qué es la reencarnación? | Aprender Gnosis ...

¿Qué es la reencarnación?

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LA VIDA ES COMO UNA PELÍCULA, y no es más que una película. La muerte es el regreso al punto de partida original y el fin de la película. Cuando uno ha llegado al final, enrolla su película y se va, como se dice, “con su música a otra parte”; se lo traga la Eternidad.

Pero cuando uno regresa, cuando retorna, cuando se reincorpora, obviamente, proyecta su película otra vez, tal como es; no puede proyectar otra película, sino la de él, tal como es; y la proyecta sobre la pantalla de la existencia.

La vida de cada uno de nos, con todos sus tiempos, es siempre la misma repitiéndose de existencia en existencia a través de los innumerables siglos. La eternidad se traga a los que se marchan de este mundo, pero a la larga los vomita. ¿Para qué los quiere por allá? ¿Acaso sabemos nosotros manejar las fuerzas universales?

A su tiempo y a su hora RETORNAMOS, REGRESAMOS, volvemos a este mundo. No será muy grato volver, ¿verdad? Pero volvemos. Esa es la LEY DEL ETERNO RETORNO DE TODAS LAS COSAS. Regresan los planetas a su punto de partida después de unos cuantos años. Los átomos, dentro de las moléculas, regresan a su punto original de partida. Las estaciones: primavera, verano, otoño e invierno, regresan cada año. Todo retorna, todo vuelve; ¿por qué habríamos de ser nosotros una excepción?

La eternidad se traga a los que se marchan de este mundo, pero a la larga los vomita. ¿Para qué los quiere por allá? ¿Acaso sabemos nosotros manejar las fuerzas universales?

A su tiempo y a su hora RETORNAMOS, REGRESAMOS, volvemos a este mundo. No será muy grato volver, ¿verdad? Pero volvemos. Esa es la LEY DEL ETERNO RETORNO DE TODAS LAS COSAS. Regresan los planetas a su punto de partida después de unos cuantos años. Los átomos, dentro de las moléculas, regresan a su punto original de partida. Las estaciones: primavera, verano, otoño e invierno, regresan cada año. Todo retorna, todo vuelve; ¿por qué habríamos de ser nosotros una excepción?

Al regresar a un nuevo vehículo físico entra en acción la Ley del Karma, pues no existe efecto sin causa ni causa sin efecto.

Los Ángeles de la Vida se encargan de conectar el cordón de plata con el zoospermo fecundante; incuestionablemente, muchos millones de zoospermos se escapan en el instante de la cópula, mas solo uno de ellos goza del poder suficiente como para penetrar en el óvulo a fin de realizar la concepción.

Esta fuerza de tipo muy especial no es un producto del acaso o del azar; lo que sucede es que está impulsado desde adentro en su energetismo íntimo por el Ángel de la Vida que en tales instantes realiza la conexión de la Esencia que retorna.

Los biólogos saben muy bien que los gametos masculino y femenino llevan cada uno 24 cromosomas; sumados estos entre sí dan la suma total de 48, que vienen a componer la célula germinal.

Esto de los 48 cromosomas viene a recordarnos las 48 leyes que gobiernan el cuerpo físico.

La Esencia viene a quedar, pues, conectada con la célula germinal por medio del cordón de plata, y como quiera que tal célula se divide en dos, y las dos en cuatro, y las cuatro en ocho, y así sucesivamente para el proceso de gestación fetal, es claro que la energía sexual se convierte, de hecho, en el agente básico de tal multiplicación celular; esto significa que en modo alguno podría realizarse el fenómeno de la mitosis sin la presencia de la energía creadora.

El desencarnado, aquel que se prepara para tomar un nuevo cuerpo físico, no penetra en el feto; sólo viene a reincorporarse en el instante en que la criatura nace, en el momento preciso en que realiza su primera inhalación.

Muy interesante resulta que con la postrer exhalación del moribundo viene la desencarnación, y que con la primera inhalación reingresamos a un nuevo organismo.

Es completamente absurdo afirmar que uno escoge en forma voluntaria el lugar en donde debe renacer. La realidad es muy diferente.

Son precisamente los Señores de la Ley, los Agentes del Karma, quienes seleccionan para nosotros el sitio exacto, hogar, familia, nación, etc., donde debemos reincorporarnos, retornar.

Si el Ego pudiera escoger el sitio, lugar o familia, etc., para su nueva reincorporación, entonces los ambiciosos, orgullosos, avaros, codiciosos, buscarían los palacios, las casas de los millonarios, las ricas mansiones, los lechos de rosas y de plumas, y el mundo sería todo riqueza y suntuosidad; no habría pobres, no existiría el dolor ni la amargura, nadie pagaría Karma, todos podríamos cometer los peores delitos sin que la Justicia Celestial nos alcanzara, etc., etc., etc.

La cruda realidad de los hechos es que el Ego no tiene derecho a escoger el lugar o la familia donde debe nacer; cada uno de nosotros tiene que pagar lo que debe; escrito está que el que siembra rayos cosechará tempestades; Ley es Ley, y la Ley se cumple.

Es, pues, muy lamentable que tantos escritores famosos de la espiritualidad contemporánea afirmen en forma enfática que cada cual tiene derecho a escoger el sitio donde debe renacer.

Lo que hay más allá del sepulcro es algo que solamente pueden conocer los Hombres despiertos, aquellos que ya disolvieron el Ego, la gente verdaderamente autoconsciente.
En el mundo existen muchas teorías, ya de tipo espiritualista o ya de tipo materialista, y la razón de los humanoides intelectuales da para todo: lo mismo puede crear teorías espiritualistas que materialistas.

Los homúnculos racionales pueden elaborar dentro de su encéfalo cerebral, mediante los procesos lógicos más severos, tanto una teoría materialista como una espiritualista, y tanto en una como en la otra, tanto en la tesis como en la antítesis, la lógica de fondo es realmente admirable.

Incuestionablemente, la razón, con todos sus procesos lógicos, como facultad de investigación tiene un principio y un fin; es demasiado estrecha y limitada, pues, como ya dijimos, se presta para todo, sirve para todo: lo mismo para la tesis que para la antítesis.


Ostensiblemente, los procesos de cerebrización lógica no son por sí mismos convincentes, por el hecho concreto de que con ellos se puede elaborar cualquier tesis espiritualista o materialista, demostrando ambas el mismo vigor lógico, ciertamente plausible para todo razonador humanoide.

No es posible, pues, que la razón conozca verdaderamente nada de lo que hay “de tejas para arriba”, de lo que está más allá, de eso que continúa después de la muerte.

Ya don Emmanuel Kant, el gran filósofo alemán, demostró con su gran obra titulada “La Crítica de la Razón Pura”, que la razón por sí misma no puede conocer nada sobre la verdad, sobre lo real, sobre Dios, etc., etc., etc.

No estamos nosotros, pues, lanzando al aire ideas a priori; lo que estoy diciendo con tanto énfasis puede ser documentado con la citada obra del filósofo mencionado.
Obviamente, tenemos que descartar la razón como elemento de cognición idónea para el descubrimiento de lo real.

Archivados los procesos razonativos en esta cuestión de metafísica práctica, sentaremos desde ahora mismo una base sólida para la verificación de eso que está más allá del tiempo, de aquello que continúa y que no puede ser destruido con la muerte del cuerpo físico.

Estoy aseverando algo que me consta, algo que he experimentado en ausencia de la razón. No está de más recordar al honorable lector que yo recuerdo todas mis vidas anteriores.

En los antiguos tiempos, antes de la sumersión del continente atlante, las gentes tenían desarrollada esa facultad del Ser conocida con el nombre de “Percepción Instintiva de las Verdades Cósmicas”.

Después de la sumersión de ese antiguo continente, esa preciosa facultad entró en el ciclo involutivo descendente y se perdió totalmente. Es posible regenerar esa facultad mediante la disolución del Ego.

Logrado tal propósito podremos verificar por nosotros mismos, en forma autoconsciente, la Ley del Eterno Retorno de todas las cosas.

Indubitablemente, la citada facultad del Ser nos permite experimentar lo real, eso que continúa, lo que está más allá de la muerte, del cuerpo físico, etc., etc., etc.

Como quiera que yo poseo tal facultad desarrollada, puedo afirmar con plena autoridad lo que me consta, lo que he vivido, lo que está más allá, etc., etc.

Hablando sinceramente y con el corazón en la mano puedo decirles lo siguiente: los difuntos viven normalmente en el limbo, en la antesala del Infierno, en la región de los muertos, astral inferior, región plenamente representada en todas esas grutas y cavernas subterráneas del mundo, que unidas o entrelazadas íntimamente forman un todo en su conjunto.

Es lamentable el estado en que se encuentran los difuntos: parecen sonámbulos, tienen la Conciencia completamente dormida, ambulan por todas partes, y creen firmemente que están vivos; ignoran su muerte.

Reencarnación implica una individualidad reencarnante, y si tal individualidad no existe, entonces no hay tal reencarnación.

Aunque los textos pseudoocultistas afirmen que el animal intelectual ya alcanzó la individualidad, este concepto es tan falso como aquel otro que asegura que el ser humano posee los auténticos vehículos solares: Astral, Mental y Causal.

El Ego es un conjunto de entidades distintas, diversas, que ni siquiera se conocen entre sí; eso no es individualidad. Decir que esas entidades se reencarnan resulta absurdo.
Mejor es decir que el Yo pluralizado regresa, se reincorpora, retorna a este valle de lágrimas.

El Bhágavad-Gita, el libro sagrado del Señor Krishna, dice textualmente lo siguiente:
“El Ser no nace, ni muere, ni se reencarna: no tiene origen, es eterno, inmutable, el primero de todos, y no muere cuando le matan el cuerpo”.

Que nuestros lectores gnósticos reflexionen ahora en el siguiente versículo antitético y contradictorio: “Como uno deja sus vestidos gastados y se pone otros nuevos, así el Ser corpóreo deja su cuerpo gastado y entra en otros nuevos”.

Dos versículos opuestos del Gran Avatara Krishna. Si no conociéramos la clave es obvio que quedaríamos confundidos: “Al dejar el cuerpo, tomando el sendero del fuego, de la luz, del día, de la quincena luminosa de la luna y del solsticio septentrional, los conocedores de Brahma van a Brahma”.

“El yogui que al morir va por el sendero del humo, de la quincena obscura de la luna y del solsticio meridional, llega a la esfera lunar [el mundo astral] y luego renace [retorna, se reincorpora]”.

“Estos dos senderos, el luminoso y el obscuro, son considerados permanentes. Por el primero se emancipa, y por el segundo se renace [se retorna]”.


Declaremos que el Ser, el Señor encarnado en alguna criatura perfecta, puede volver, reencarnarse…

“Cuando el Señor [el Ser] toma un cuerpo, o lo deja, él se asocia con los seis sentidos o los abandona, y se va como la brisa que lleva consigo el perfume de las flores”.

“Dirigiendo los oídos, los ojos, los órganos del tacto, gusto y olfato, y también la mente, Él experimenta los objetos de los sentidos”. “Los ignorantes, alucinados, no lo ven cuando Él toma un cuerpo, lo deja o hace las

experiencias asociándose con las gunas; en cambio, los que tienen los ojos de la sabiduría lo ven”.

Como documento extraordinario para la Doctrina de la Reencarnación vale la pena meditar en el siguiente versículo del Señor Krishna: “¡Oh, Bharata!, toda vez que declina la religión y prevalece la irreligión me encarno de nuevo [es decir, me reencarno] para proteger a los buenos, destruir a los malos y establecer la religión, me encarno [o reencarno] en distintas épocas”.

De todos estos versículos del Señor Krishna se deducen lógicamente dos conclusiones:

a) Los conocedores de Brahma van a Brahma, y pueden, si así lo quieren, volver, incorporarse, reencarnarse para trabajar en la Gran Obra del Padre.

b) Quienes no han disuelto el Ego, el Yo, el Mí mismo, se van después de la muerte por el sendero del humo, de la quincena obscura de la luna y del solsticio meridional, llegan a la esfera lunar y luego renacen, retornan, se reincorporan en este doloroso valle del Samsara.

La doctrina del Gran Avatara Krishna enseña que solo los Dioses, Semidioses, Reyes Divinos, Titanes y Devas se reencarnan.

Retorno es algo muy diferente; es incuestionable el retorno de kalpas, yugas, Maha-Manvantaras, Maha-Pralayas, etc., etc., etc.

La palabra reencarnación es muy exigente; no se debe usar de cualquier manera; nadie podría reencarnificarse sin haber antes eliminado el Ego, sin tener de verdad una individualidad sagrada.

Reencarnación es una palabra muy venerable; significa, de hecho, la reincorporación de lo divinal en un hombre.

Reencarnación es la repetición de tal acontecimiento cósmico; una nueva manifestación de lo divino…

De ninguna manera exageramos conceptos al enfatizar la idea trascendental de que la reencarnación solo es posible para los Embriones Áureos que ya lograron en cualquier ciclo de manifestación la unión gloriosa con la Súper-Alma.

Absurdo sería confundir la reencarnación con el retorno. Sería caer en un desatino de la peor clase afirmar que el Ego (legión de Yoes tenebrosos, siniestros e izquierdos) pueda reencarnarse.

Un hombre es lo que es su vida; si un hombre no trabaja su propia vida está perdiendo el tiempo miserablemente.

Sólo eliminando los elementos indeseables que en nuestro interior cargamos podemos hacer de nuestra vida una obra con la posibilidad de repetirla nuevamente en el escenario de una nueva existencia.

Las diversas escuelas de tipo pseudoesoterista y pseudoocultista sostienen la teoría eterna de las vidas sucesivas; tal concepto está equivocado.

La vida es una película; concluida la proyección enrollamos la cinta en su carrete y nos la llevamos para la eternidad.

El reingreso existe, el retorno existe; al volver a este mundo proyectamos sobre el tapete de la existencia la misma película, la misma vida.

Podemos sentar la tesis de existencias sucesivas; mas no de vidas sucesivas, porque la película es la misma.

El ser humano tiene un tres por ciento de esencia libre y un noventa y siete por ciento de esencia embotellada entre los Yoes. Al retornar, el tres por ciento de Esencia libre impregna totalmente al huevo fecundado; incuestionablemente continuamos en la semilla de nuestros descendientes.

Personalidad es diferente; no existe ningún mañana para la personalidad del muerto; esta última se va disolviendo lentamente en el panteón o cementerio.

En el recién nacido sólo se haya reincorporado el pequeño porcentaje de Esencia libre; esto da a la criatura autoconciencia y belleza interior.

Los diversos Yoes que retornan dan vueltas alrededor del recién nacido, van y vienen libremente por doquiera, quisieran meterse dentro de la máquina orgánica, mas esto no es posible en tanto no se haya creado una nueva personalidad.

Conviene saber que la personalidad es energética y que se forma con la experiencia a través del tiempo. Escrito está que la personalidad ha de crearse durante los primeros siete años de la infancia y que posteriormente se robustece y fortifica con todas las experiencias de la vida práctica.

Los Yoes empiezan a intervenir dentro de la máquina orgánica poco a poco a medida que la nueva personalidad se va creando.

La muerte es una resta de quebrados, terminada la operación matemática lo único que continúa son los valores (esto es, los Yoes buenos y malos, útiles e inútiles, positivos y negativos).

Los valores en la luz astral se atraen y repelen entre sí de acuerdo con las Leyes de la Imantación Universal.

Nosotros somos puntos matemáticos en el espacio que servimos de vehículo a determinadas sumas de valores.

Dentro de la humana personalidad de cada uno de nosotros existen siempre estos valores que sirven de basamento a la Ley de Recurrencia.

Todo vuelve a ocurrir tal como sucedió, más el resultado o consecuencia de nuestras acciones precedentes.


Como quiera que dentro de cada uno de nosotros existen muchos Yoes de vidas precedentes, podemos afirmar en forma enfática que cada uno de aquellos es una persona distinta.

Esto nos invita a comprender que dentro de cada uno de nosotros viven muchísimas personas con distintos compromisos.

Dentro de la personalidad de un ladrón existe una verdadera cueva de ladrones; dentro de la personalidad de un homicida existe todo un club de asesinos; dentro de la personalidad de un lujurioso existe una casa de citas; dentro de la personalidad de cualquier prostituta existe todo un prostíbulo, etc.

Cada una de estas personas que dentro de nuestra propia personalidad cargamos tiene sus problemas y sus compromisos. Gente viviendo dentro de la gente, personas viviendo dentro de las personas; esto es irrefutable, irrebatible.

Lo grave de todo esto es que cada una de esas personas o Yoes que dentro de nosotros vive viene de antiguas existencias y tiene determinados compromisos.

El Yo que en la pasada existencia tuvo una aventura amorosa a la edad de los treinta años, en la nueva existencia aguardará tal edad para manifestarse, y llegado el momento buscará a la persona de sus ensueños, se pondrá en contacto telepático con la misma, y al fin vendrá el reencuentro y la repetición de la escena.

El Yo que a la edad de cuarenta años tuvo un pleito por bienes materiales, en la nueva existencia aguardará tal edad para repetir la misma comidilla.

El Yo que a la edad de veinticinco años se peleó con otro hombre en la cantina o en el bar, aguardará en la nueva existencia la nueva edad de veinticinco años para buscar a su adversario y repetir la tragedia.

Se buscan entre sí los Yoes de uno y otro sujeto mediante las ondas telepáticas, y luego se reencuentran para repetir mecánicamente lo mismo.

Esta es, realmente, la mecánica de la Ley de Recurrencia; esta es la tragedia de la vida.
A través de millares de años los diversos personajes se reencuentran para revivir los mismos dramas, comedias y tragedias.

La humana persona no es más que una máquina al servicio de estos Yoes con tantos compromisos.

Lo peor de toda esta cuestión es que todos estos compromisos de la gente que llevamos en nuestro interior se cumplen sin que nuestro entendimiento tenga previamente alguna información.
Nuestra personalidad humana, en este sentido, parece un carro arrastrado por múltiples caballos.

Hay vidas de exactísima repetición, recurrentes existencias que nunca se modifican.
En modo alguno podrían repetirse las comedias, dramas y tragedias de la vida sobre la pantalla de la existencia si no existiesen los actores.

Los actores de todas estas escenas son los Yoes que en nuestro interior cargamos y que vienen de antiguas existencias.

Si nosotros desintegramos los Yoes de la ira, las escenas trágicas de la violencia concluyen inevitablemente. Si nosotros reducimos a polvadera cósmica los agentes secretos de la codicia, los problemas de la misma finalizarán totalmente. Si nosotros aniquilamos los Yoes de la lujuria, las escenas del prostíbulo y de la morbosidad finalizan. Si nosotros reducimos a cenizas a los personajes secretos de la envidia, los eventos de la misma concluirán radicalmente.

Si nosotros matamos los Yoes del orgullo, de la vanidad, del engreimiento, de la autoimportancia, las escenas ridículas de estos defectos finalizarán por falta de actores.
Si nosotros eliminamos de nuestra psiquis los factores de la pereza, de la inercia y de la flojera, las horripilantes escenas de esta clase de defectos no podrán repetirse por falta de actores.

Si nosotros pulverizamos los Yoes asqueantes de la gula, de la glotonería, finalizarán los banqueteos, las borracheras, etc., por falta de actores.

Como quiera que estos múltiples Yoes se procesan lamentablemente en los distintos niveles del Ser, se hace necesario conocer sus causas, su origen, y los procedimientos crísticos que finalmente habrán de conducirnos a la muerte del Mí mismo y a la Liberación final.

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